Vidas Inacabadas by Mark Spragg

Vidas Inacabadas by Mark Spragg

Author:Mark Spragg
Language: es
Format: mobi
Published: 2010-07-21T22:00:00+00:00


Esa mañana coge la linterna, que había dejado sobre la cómoda, y comprueba el termómetro exterior por la ventana de la habitación. Aún no ha bajado de cero, pero por muy poco. Las noches son cada vez más frías.

En la cocina, la luz de encima del fregadero está encendida y ella está sentada a la mesa con un vaso de leche. Tiene el abrigo plegado sobre el regazo y alza la vista cuando él se acerca al fregadero para coger el cubo de la leche.

—Madrugas mucho —observa él.

Es lo que le ha dicho todas las mañanas después de la primera.

—Sí —contesta ella—. Soy poco dormilona.

Se levanta de la silla y se pone el abrigo. Luego saca de los bolsillos los guantes de lana de vivo color rojo y se los calza.

A Einar le gustan los guantes rojos, pero piensa que podría comprarle unos más recios en la ferretería. De piel, o quizá lona. «Qué demonios —piensa—. Llevamos así una semana, todas las mañanas. Esta niña podría ser una gran ayuda.»

En esos momentos camina junto a él y lo ayuda a abrir las puertas del establo; en los últimos dos días ha puesto el cabestro a la vaca y la ha llevado a su compartimiento mientras él echa grano en el pesebre con una lata de café vacía. Esta mañana tiene que encender las luces del establo.

Algunas mañanas ella se queda cerca de la cara de la vaca, sujetando el cabestro mientras él la ordeña, y otras mañanas se sienta en cuclillas entre los gatos. Él le ha dicho que no se acerque al lado productivo de la vaca, que no quiere que se lleve una coz.

Un gato gris más bien pequeño, de cola enroscada, se deja coger por ella, y le ha puesto Félix. Esta mañana lo acuna contra su pecho y susurra:

—Félix el gato, el único único gato.

Cuando Einar lleva el cubo al granero, deja al animal con cuidado en el suelo.

Aún no se ha acostumbrado a los mapaches. Pasa despacio junto a ellos y se queda de pie al lado de la mecedora de roble, observándolos junto a su cuenco de leche con auténtico recelo. Bajo la única luz que cuelga del techo en medio del granero, su cara parece más pálida de lo que él sabe que es, pero tiene los labios tan rojos como los guantes de lana.

—¿Te duelen? —pregunta él.

La niña aparta la vista de los mapaches y arruga la frente. Él ha hecho la pregunta con vaguedad adrede, porque le gusta el gesto de ella con las cejas cuando está confusa, la manera en que su rostro suave se contrae ante una duda.

—Los labios. Los tienes más rojos que el culo de un mono.

Ella los mueve atrás y adelante, uno contra otro, y a él le recuerda a un caballo recogiendo un terrón de pienso de la palma de la mano.

—Se me olvida de que no debo lamérmelos —comenta ella—. Los tengo muy secos.

Einar deja el cubo en el depósito de grano.

—Podría ponerte ahí un poco de bosta de vaca reciente —le dice—.



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